La Masonería frente a los populismos

Nuestra civilización, caracterizada por el continuo desarrollo técnico-industrial-económico y por el crecimiento ininterrumpido de las necesidades —entre ellas, la de consumo energético desmedido —, conlleva derroches y despilfarros que deterioran aceleradamente el medio ambiente. La contaminación urbana, el déficit en la calidad de la alimentación industrializada, la alienación consumista, el cronometraje y la mecanización de la vida se han acrecentado a causa de una racionalización distorsionada que aplica la lógica de las máquinas al ser humano. Un malestar interior actúa como parásito del malestar exterior. El nivel de vida aumenta, pero la calidad de vida disminuye, haciendo necesaria una concepción de bienestar traducida en sentido existencial, no solo material. 

La sociedad se ha volcado más en los efectos que en las causas; lo que importan son las emociones y no las razones; los hechos pierden relevancia -fenómeno que comparten tanto el capitalismo de consumo como los discursos populistas-. El sistema se basa en potenciar emociones para que rápidamente se consuma, no solo productos materiales, sino ideas, partidos políticos, ideologías. La maquinaria técnica para polarizar ha alcanzado una sofisticación nunca antes vista con la inteligencia artificial, las redes sociales, la digitalización o el big data. 

Los mensajes que difunden los medios de comunicación, financiados por el grupo económico o político de turno, buscan la infantilización del mundo, logrando que nos preocupen menos los incendios forestales, el precio de la vivienda, el paro juvenil o que los jóvenes no sepan dónde está el Ebro o cuáles son los puntos cardinales. ¿Qué buscan con esto? Quienes presentan una alternativa que dice representar la voluntad del pueblo —es decir, los votos— se encargan de exacerbar y polarizar, facilitando que resurjan grupos neoliberales y fascistas, otorgándoles escaños en los gobiernos. Nos lanzan mensajes breves, accesibles al gran público, desde un aparente sentido común… pero expresados con gran gravedad y el tono adecuado de alarmismo, es  decir: mensajes populistas. 

En este contexto de oscuridad creciente, donde la sinrazón se viste de grito y la intolerancia de bandera, nos encontramos en un punto de inflexión histórico. La humanidad enfrenta una encrucijada existencial: sucumbir ante los cantos de sirena de los populismos simplificadores, los autoritarismos excluyentes y los materialismos radicales, o reafirmar nuestro compromiso con los valores perennes que han permitido el progreso moral de la civilización. 

La Masonería, lejos de ser una reliquia del pasado, se revela como una institución profundamente contemporánea y necesaria. Nuestra Orden constituye un espacio de resistencia activa contra la deshumanización que amenaza con arrasar los cimientos de la convivencia. Somos salvaguarda de una tradición viva que mantiene encendida la antorcha de la razón, la tolerancia y la fraternidad en medio de las tinieblas del fanatismo y la irracionalidad.

Vivimos una era paradójica: nunca la humanidad había tenido acceso a tanta información, y nunca había estado tan desinformada; nunca había dispuesto de tantos medios de comunicación, y nunca había estado tan incomunicada; nunca había proclamado tanto la tolerancia, y nunca había sido tan intolerante. 

Los nuevos totalitarismos ya no se presentan con uniformes militares y discursos explícitamente violentos, aunque también. Son «totalitarismos blandos» que operan mediante la manipulación de las conciencias, el control de las narrativas y la infantilización de la ciudadanía. Se visten de democracia mientras vacían su contenido sustancial; hablan de libertad mientras construyen jaulas doradas; predican la tolerancia mientras silencian toda disidencia. 

El populismo, en sus múltiples variedades, representa quizás la amenaza más insidiosa. Bajo la apariencia de defender «al pueblo», lo que realmente hace es negar su capacidad de autogobierno. Reduce la complejidad social a eslóganes simplistas, sustituye el debate racional por la emoción manipulada, y reemplaza el pluralismo por la uniformidad del pensamiento único. 

Vivimos en la era de la post verdad, donde «los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que las referencias a emociones y creencias personales». Este fenómeno desborda los márgenes de las redes sociales y atraviesa la prensa convencional e incluso los parlamentos. La extrema derecha ha sabido adaptarse a esta nueva forma de comunicación, explotando las fragilidades de las democracias liberales mediante la manipulación algorítmica y la viralización de mentiras emocionalmente efectivas. 

El liberalismo radical, por su parte, ha extendido la lógica mercantil a todos los ámbitos de la existencia humana. Las personas se convierten en «recursos humanos», las relaciones en «transacciones», y la cultura en «producto de consumo». Esta mercantilización de lo humano representa una forma de violencia simbólica que erosiona los cimientos de la dignidad personal y los lazos comunitarios. 

Frente a la obsesión contemporánea por lo nuevo y lo efímero, la Masonería reivindica la sabiduría de la tradición. Pero nuestra concepción de tradición nada tiene que ver con el tradicionalismo estático o la nostalgia reaccionaria. Entendemos la tradición como un río vivo que viene del pasado pero fluye hacia el futuro, enriqueciéndose con las contribuciones de cada generación. 

Nuestra tradición es esencialmente progresista, pues confía en la capacidad humana de perfeccionamiento individual y social. Los valores que custodiamos -libertad, igualdad, fraternidad, laicidad, justicia- no son piezas de museo, sino herramientas vivas.  

Nuestra principal arma contra el odio es la educación. Debemos promover pedagogías activas que desarrollen el pensamiento crítico y creativo; fomentar la educación mediática que permita discernir entre información y manipulación; impulsar la educación ética y en valores democráticos. 

Las logias pueden convertirse en centros de educación permanente para personas adultas, ofreciendo cursos, talleres y seminarios abiertos a la comunidad. Esta labor educativa es quizás nuestra contribución más importante a la salud democrática. 

En un mundo fracturado por identidades excluyentes, necesitamos crear espacios seguros para el encuentro entre diferentes. Las logias deben de servir como laboratorios de convivencia donde se practique el diálogo respetuoso; como mediadoras en conflictos; como anfitrionas de conversaciones difíciles entre posiciones antagónicas.

Nuestra acción solidaria debe trascender el asistencialismo paternalista para convertirse en verdadera solidaridad emancipadora. Esto implica desarrollar proyectos de intervención social basados en evidencias y evaluables; priorizar la autonomía y empoderamiento de los beneficiarios; colaborar con otras organizaciones de la sociedad civil; denunciar las causas estructurales de la injusticia. 

Los masones y las masonas tenemos el deber de participar en el debate público, pero debemos hacerlo con coherencia ética y rigor intelectual. Esto significa pronunciarnos sobre debates de interés general desde nuestros valores fundacionales; colaborar con medios de comunicación para promover un periodismo de calidad; participar en publicaciones y centros de investigación política y establecer alianzas con otras fuerzas democráticas de la sociedad civil. 

Hnos.·. y Hnas .·. , el mundo contemporáneo, con sus profundas fracturas, se asemeja a una piedra bruta y desbastada. Corresponde a los masones y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad seguir trabajando para pulir, con paciencia y sobre todo con valor, usando las herramientas de la razón, la tolerancia y la fraternidad. 

Frente al grito del populismo, opongamos la serenidad del diálogo. Frente a la exclusión de la extrema derecha, la inclusión fraterna. Frente al individualismo posesivo, la solidaridad comunitaria. Como hicieron aquellos hermanos y hermanas que nos precedieron, encarnemos los ideales en acción cotidiana, por modesta que sea. 

Nuestra lucha no es por el poder, sino por la dignidad; no por la imposición, sino por la persuasión y el consenso; no por la uniformidad, sino por la unidad en la diversidad. 

Que cuando las futuras generaciones pregunten qué hicimos en estos tiempos de confusión, podamos responder que mantenemos encendida la antorcha de la razón, que extendemos la mano al diferente y que trabajamos incansablemente para que la piedra angular del Templo Universal de la Humanidad fuera asentada en los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, Laicidad y Justicia. 

Peor que ver 

Todo

Lo que una vez importó

Desaparecer

Será saber que

Nada

Lo sustituirá

IÑAKI ARBILLA


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